--He confiado su custodia al sargento más torpe de cuantos hay entre
mis mosqueteros, al fin de que el
preso se evada.
--¿Estáis loco, señor de D'Artagnan? --exclamó el
rey cruzando los brazos.
--¡Ah! Sire, no esperéis que después de lo que el señor
fouquet acaba de hacer por vos y por mí que me
convierta en su enemigo. No me confiéis nunca su custodia. Sire, si tenéis
empeño en que quede bajo cerro-
jos; porque por muy fuerte que sean las rejas del la jaula, el pájaro
acabará por volar.
--Me admira que no hayáis seguido desde luego la suerte de aquel a quien
el señor Fouquet quería sentar
en mi trono, -- repuso el rey con voz sombría. --Así os habríais
ganado lo que os hace falta: afecto y grati-
tud. En mi servicio no se encuentra más que un amo.
--Si el señor fouquet no hubiese ido por vos a la Bastilla, Sire, --replicó
D'Artagnan con energía, --sólo
hubiese ido otro hombre, yo, y eso vos lo sabéis.
El rey se calló, nada tenía que objetar. Al escuchar a D'Artagnan,
Luis XIV recordó al mosquetero de
años antes, al que, en el palacio real, estaba escondido tras las colgaduras
de su cama, cuando el pueblo de
París, guiado por el cardenal de Retz, fue a asegurarse de la presencia
del rey; al D'Artagnan a quien él sa-
ludaba con la mano desde la portezuela de su carroza al ir a Notre Dame regresando
a París; al soldado que
le dejó en Blois; al teniente a quien volvió a llamar junto a
sí, cuando la muerte de Mazarino puso el poder
en sus manos, al hombre siempre fiel, valiente y abnegado.
Luis se dirigió a la puerta y llamó a Colbert, que se presentó
inmediatamente, pues no se había movido
del corredor en que estaban trabajando los secretarios.
--¿Habéis mandado hacer una pesquisa en casa del señor
Fouquet? --preguntó el rey al intendente.
--Sí, Sire, --respondió Colbert.
--¿Qué resultado ha producido?
--El señor de roncherat, a quien han acompañado los mosqueteros,
me ha entregado algunos papeles.
--Los veré... Dadme vuestra mano.
--¿Mi mano, Sire?
--Sí, para ponerla en la del señor de D'Artagnan.
Y volviéndose hacia el gascón, que al ver al intendente tomó
de nuevo su actitud altiva, añadió:
--Como no conocéis al hombre a quien tenéis ante vos, os lo presento.
En los cargos subalternos no pasa
de ser un mediano servidor; pero si le elevo a la cima, será un grande
hombre.
--¡Sire! --tartamudeó Colbert, fuera de sí de gozo y de
temor.
--Ahora comprendo, --dijo D'Artagnan al oído del rey: --estaba celoso.
--Eso es, y sus celos le ataban las alas.
--En adelante será una serpiente --murmuró el mosquetero con un
resto de odio contra su adversario de
hacía poco.
Pero Colbert se acercó a D'Artagnan con fisonomía tan diferente
de la habitual, se presentó tan bueno,
tan franco, tan comunicativo, y sus ojos cobraron una expresión de inteligencia
tan noble, que el mosquete-
ro, que era gran fisonomista, se sintió conmovido casi hasta el extremo
de cambiar sus convicciones.
--Lo que el rey os ha dicho, --repuso Colbert estrechando la mano de D'Artagnan,
--prueba cuánto co-
noce su Majestad a los hombre. La encarnizada oposición que hasta hoy
he desplegado, no contra indivi-
duos, sino contra abusos, prueba que no tenía otro fin que el de prestar
a mi señor un gran reinado, y a mi
patria un gran bienestar. Tengo muchos planes, señor D'Artagnan, y los
veréis desenvolverse al sol de la
paz; y si no tengo la certidumbre y la dicha de conquistarme la amistad de los
hombres honrados, a lo me-
nos estoy seguro de conseguir su estima, y por su admiración daría
mi vida.
Aquel cambio, aquella súbita elevación y las muestras de aprobación
del soberano, dieron mucho que
pensar al mosquetero; el cual saludó muy cortésmente a Colbert,
que no le perdía de vista.
El rey, al verlos reconciliados les despidió y una vez fuera del gabinete,
el nuevo ministro detuvo al capi-
tán y le dijo:
--¿Cómo se explica, señor de D'Artagnan, que un hombre
tan perspicaz como vos no me haya conocido
a la primera mirada?
--Señor Colbert --contestó el mosquetero, --el rayo de sol en
los ojos propios impide ver el más ardien-
te brasero. Cuando un hombre ocupa el poder, brilla, y pues vos habéis
llegado a él, ¿qué sacaríais en per-
seguir al que acaba de perder el favor del rey y ha caído de tal altura
--¿Yo perseguir al señor Fouquet? ¡Nunca! Lo que yo quería
era administrar la hacienda, pero solo, por-
que soy ambicioso, y sobre todo porque tengo la más grande confianza
en mi mérito; porque sé que todo el
dinero de Francia ha de venir a parar a mis manos, y me gusta ver el dinero
del rey; porque si me quedan
treinta años de vida, en ese tiempo no me quedará para mí
ni un óbolo; porque con el dinero que yo obtenga
voy a construir graneros, edificios y ciudades y a abrir puertos; porque fundaré
bibliotecas y academias, y
